OMAR ESTELA/ ESCULTURAS
3 de mayo al 3 de junio de 2012
Cráneo, 2001/11, mármol dolomita, talla directa, inscripción de letras talladas, 165 x 90 x 110 cm.
 

En 1998 invité a Omar Estela a dictar un curso de escultura en la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova. Entonces vino con un inesperado bloque de mármol de doce toneladas destinado a enseñar cómo partirlo de acuerdo al tradicional sistema de cuñas. La roca se dividió en dos partes: una fue destinada a los alumnos, quienes a su vez la cortaron en pequeños trozos con el objeto de trabajarlos; la otra sería labrada por Omar mientras durase el taller. El curso finalizó, pero la obra estaba en pañales. Me dijo que la seguiría esculpiendo y nos prometimos –y cada vez que nos veíamos realimentábamos el sueño– exhibirla en algún lugar apenas esté terminada.
En 2011 recibí la grata noticia de que la informe masa se había transformado en una impresionante calavera de tres toneladas de peso y que festejaríamos la culminación de la labor creativa saboreando un asado en su taller. Había llegado el momento de la verdad: alzamos nuestras copas y fantaseamos una vez más con la concreción de la muestra... Catorce años después, el sueño se hizo realidad.

Oscar Smoje
Director Palais de Glace
Secretaría de Cultura – Presidencia de la Nación

 

 

Es curioso la cantidad de gente que se acerca a ver el mar, a contemplar el movimiento de esa masa. Hay algo sagrado en esa visión, no hablo de los pescadores porque éstos, por su interés concreto, material, pierden la magia de lo oceánico. Cuando presencio ese espectáculo no puedo evitar sentir una semejanza con los que contemplan una muestra o una obra en particular: agua y meditación, obra y meditación, y al igual que ocurre con el pescador, quien se propone un nexo material, destruye la magia.
Puede parecer que soy víctima de un rapto religioso y, como está mal visto pensar en lo sagrado y dejó de usarse la palabra creación y muchos desconocen el significado de epifanía, cuesta describir una sensación que no deja de presentárseme. Siento claramente que, no sólo en la plástica pero sí específicamente en ella, hay como una desobediencia consciente a lo que inicialmente se había elegido. Y los artistas están en este tironeo, cada uno, silencioso, con un dolor aislado e incomunicado, como aparte de los demás, en todas las áreas y en casi todas las edades. Se ve claro que andan como huidos, que llegaron hasta el mar para después darle la espalda.
Llama la atención que tantas criaturas activas se empeñen en hacer callar, en empobrecer el discurso, en hacerlo ininteligible los más capaces. Son tan confusos y culpables que, de existir una policía plástica, no podrían poner el pie en una sala; son como fugitivos que cubren su escape con teorías cómplices. me los imagino parecidos a quienes, durante la Segunda Guerra, buscaban en arcones filosóficos justificaciones para adherir al Eje. El desembarco de hoy en día es tan real como el de entonces. Me pregunto si serán conscientes de la hostilidad que se está suscitando. Se olvidan de que es una mala práctica, y sobre todo en el arte, echar aceite sobre las aguas revueltas por el enojo.
Cuando no encontramos refugio para la mirada, cuando no creemos en los oscuros méritos de los artistas de las bienales, cuando se mantienen estos dobles discursos entre lo público y lo privado, cuando convivimos con ideas tan contrapuestas como admirar la ética de un Van Gogh y engrosar currículos en salones ignotos o notables, cuando jugamos con estéticas que no nos corresponden, está claro que nos hemos olvidado de la razón de la obra. Como al término de una borrachera, quedamos tirados en la cama viendo pasar nuestra época bajo los efectos del mareo.
Por mi parte, creo haber logrado un cierto desarrollo salvaje, al que le fui descubriendo algo sublime. Al igual que los antiguos persas que consideraban sagrado el mar, fui aproximándome a lo sagrado de la escultura. Podría asegurar que desarrollé un contemplar el movimiento de esa masa. Hay algo sagrado en esa visión, no hablo de los pescadores porque éstos, por su interés concreto, material, pierden la magia de lo oceánico. Cuando presencio ese espectáculo no puedo evitar sentir una semejanza con los que contemplan una muestra o una obra en particular: agua y meditación, obra y meditación, y al igual que ocurre con el pescador, quien se propone un nexo material, destruye la magia.
Puede parecer que soy víctima de un rapto religioso y, como está mal visto pensar en lo sagrado y dejó de usarse la palabra creación y muchos desconocen el significado de epifanía, cuesta describir una sensación que no deja de presentárseme. Siento claramente que, no sólo en la plástica pero sí específicamente en ella, hay como una desobediencia consciente a lo que inicialmente se había elegido. Y los artistas están en este tironeo, cada uno, silencioso, con un dolor aislado e incomunicado, como aparte de los demás, en todas las áreas y en casi todas las edades. Se ve claro que andan como huidos, que llegaron hasta el mar para después darle la espalda.
Llama la atención que tantas criaturas activas se empeñen en hacer callar, en empobrecer el discurso, en hacerlo ininteligible los más capaces. Son tan confusos y culpables que, de existir una policía plástica, no podrían poner el pie en una sala; son como fugitivos que cubren su escape con teorías cómplices. me los imagino parecidos a quienes, durante la Segunda Guerra, buscaban en arcones filosóficos justificaciones para adherir al Eje. El desembarco de hoy en día es tan real como el de entonces. Me pregunto si serán conscientes de la hostilidad que se está suscitando. Se olvidan de que es una mala práctica, y sobre todo en el arte, echar aceite sobre las aguas revueltas por el enojo.
Cuando no encontramos refugio para la mirada, cuando no creemos en los oscuros méritos de los artistas de las bienales, cuando se mantienen estos dobles discursos entre lo público y lo privado, cuando convivimos con ideas tan contrapuestas como admirar la ética de un Van Gogh y engrosar currículos en salones ignotos o notables, cuando jugamos con estéticas que no nos corresponden, está claro que nos hemos olvidado de la razón de la obra. Como al término de una borrachera, quedamos tirados en la cama viendo pasar nuestra época bajo los efectos del mareo.
Por mi parte, creo haber logrado un cierto desarrollo salvaje, al que le fui descubriendo algo sublime. Al igual que los antiguos persas que consideraban sagrado el mar, fui aproximándome a lo sagrado de la escultura. Podría asegurar que desarrollé un verdadero cariño idólatra y, paralelamente, un alejamiento de las acechanzas de las hipocresías civilizadas.
Si bien pocos lo advierten, casi todos los seres alimentan en un momento de sus vidas los mismos sentimientos que inspiran el océano y la escultura.

oE

Caja, 2009/11, quebracho colorado, madera dura, talla directa, 110 x 31 x 45 cm.
 
Oído, 2003, mármol dolomita, talla directa, 130 x 80 x 50 cm.
Dedo de Dios, 2007/11, mármol dolomita, vitapitá, talla directa, 205 x 45 x 43 cm.